La magia de las sombras

•mayo 21, 2008 • Dejar un comentario

Muchas culturas la asocian con el alma. Según recientes estudios neurológicos esta antigua creencia puede tener una base fisiológica: el cerebro no la percibe como una imagen, sino como parte del propio cuerpo. ¿Estamos ante la clave de la fascinación que produce en el ser humano?

“Entonces Wendy vio la sombra y le pareció tan sucia de haber sido arrastrada por el suelo, que sintió una gran pena por Peter Pan (…) Y, primorosamente, sacó su neceser de costura y cosió la sombra a los pies de Peter».

Este fragmento de las primeras páginas de la novela de J.M. Barrie relata las dificultades que tiene el famoso niño duende con su propia sombra, a la que incluso se ha pegado al cuerpo con jabón para no perderla.

A diferencia de los duendes, los humanos no han tenido nunca tal problema, pero eso no ha impedido que, desde tiempo inmemorial, temieran que su sombra pudiera ser dañada, pisoteada o incluso robada. Tanto la han valorado que han llegado a considerarla algo más que una mera extensión de sí mismos.

Según la folklorista Christina Hole, «en muchas partes del mundo se ha creído, y en algunas aún se cree, que la sombra de una persona es su propia alma o, al menos, una parte integrante de su ser, tan conectada con su vida que cualquier cosa que aconteciera al cuerpo es sentida por ella».

Las investigaciones llevadas a cabo por los psicólogos italianos Francesco Pavani y Humberto Castiello, de las universidades de Trento y Padua respectivamente, nos ayudan a comprender mejor por qué estas creencias aparecen en todas las culturas, presentando un carácter universal.

En el 2003, Pavani y Castiello realizaron una investigación con diez testigos voluntarios. El experimento medía el tiempo que éstos tardaban en reaccionar a un estímulo eléctrico administrado en el dedo índice o en el pulgar.

Cuando los voluntarios sentían un pinchazo en sus índices, tenían que soltar un pedal bajo el dedo gordo de su pie. En cambio, cuando lo sentían en sus pulgares debían soltar un pedal situado bajo el talón.

Los científicos intentaron interferir con los procesos de pensamiento implicados, proyectando luces rojas cerca de las manos de los voluntarios. Pero éstas afectaban al tiempo que tardaban los sujetos en reaccionar sólo cuando eran proyectadas cerca de sus sombras.

Al hacerlo, se confundía a los voluntarios y se interfería con su habilidad para tomar una decisión rápida. Los resultados indicaron que el acto de tocar la sombra de una persona afecta a su sentido espacial y puede distraerla de una tarea específica, restándole eficacia a sus movimientos.

Estas investigaciones sugerían que el «esquema corporal» –la imagen interna que las personas tienen de su cuerpo–, puede extenderse más allá de la piel y, por lo tanto, que la sombra del cuerpo tiene un efecto profundo sobre la percepción visual de los sujetos.

«Los resultados obtenidos indican que las sombras proyectadas por distintas partes del cuerpo de una persona pueden suplir el hueco entre el espacio personal y el extra-personal», explica Pavani.

Según los citados psicólogos, la sombra actúa como una extensión del cuerpo al convertirse en un punto de referencia distante que ayuda a las personas a realizar sus tareas. El cerebro desarrolla un mapa interno que le permite definir exactamente donde está el cuerpo.

La imagen proyectada por éste podría formar parte de ese mapa. Humberto Castiello afirma que «cuando vemos algo a punto de contactar con el borde de nuestra sombra, la actividad cerebral sugiere todo lo contrario, como si el contacto no fuéramos a producirlo nosotros, sino que viniera del exterior».

En breve, estos investigadores publicarán sus resultados más recientes en la revista Experimental Brain Research. «Hemos descubierto que las sombras del cuerpo actúan como un impulso o clave para nuestra atención selectiva; por ejemplo, nuestra habilidad para seleccionar información pertinente en el entorno», asegura Pavani.

Específicamente han comprobado que el simple hecho de mirar la sombra de una mano, por ejemplo, alerta a la persona para los episodios táctiles que pueden afectar a esa parte concreta de su anatomía.

«Resulta notorio que esto sucede incluso aunque los participantes no tengan ninguna razón estratégica para dirigir su atención hacia una parte del cuerpo en vez de a otra. Así hemos podido llegar a la conclusión de que la sombra podría ser una clase especial de clave para nuestra atención selectiva. Otras claves especiales para el mismo fin son, por ejemplo, los ojos y ciertos movimientos biológicos», concluye Pavani.

Simon Unger, psicólogo de la universidad de Guildford (Surrey, Inglaterra) ha señalado que un fenómeno similar también se produce en otras situaciones: «Cuando los ciegos tienen que utilizar un bastón blanco, dicen que lo sienten como una extensión de sus dedos».

Esto explicaría que nuestros ancestros creyeran que su sombra se extendía más allá de ellos mismos y que era parte intrínseca de su ser, cuando no su propia alma o su cuerpo astral.

En muchos grupos primitivos existe la idea de que el espíritu de un hombre podría abandonarle temporalmente sin causarle la muerte. Los viajes que efectuaba en estos casos –por ejemplo, durante el sueño– podían ser peligrosos.

Si todo iba bien, el alma errabunda, por lejos que viajara, acababa regresando al cuerpo. Siempre que permaneciera intacta, el hombre normalmente estaba a salvo.

Pero si resultaba herida durante ese viaje, el cuerpo también resultaba herido y, si por algún motivo, no podía regresar a éste, el hombre moría. El folklore recoge innumerables ejemplos de esta creencia.

Sin embargo, resulta más reveladora la visión que nos ofrece la psicología moderna. Ésta se refiere a la sombra como aquella parte del psiquismo inconsciente contiguo a la conciencia, aunque no aceptado necesariamente por ella.

Las bases las había sentado Carl G. Jung en 1945, al definir la sombra como lo que una persona no quiere ser: «Uno no se ilumina imaginando figuras de luz, sino haciendo consciente su oscuridad».

Esto sugiere que la fascinación que ejerce la sombra física sobre los seres humanos también podría surgir de que evoca inconscientemente a su homóloga psíquica.

Esta última se proyecta en los sueños bajo la figura de ciertos personajes que expresan aspectos no necesariamente maléficos, pero que pueden llegar a serlo. Según Jung, «sólo deviene peligrosa cuando no le prestamos la debida atención».

De la Furia y la Tristeza

•marzo 11, 2008 • Dejar un comentario

En un reino encantado donde los hombres nunca pueden llegar, o quizás donde los hombres transitan eternamente sin darse cuenta …

En un reino mágico, donde las cosas no tangibles se vuelven concretas …

Había una vez un estanque maravilloso. Era una laguna de agua cristalina y pura donde nadaban peces de todos los colores existentes y donde todas la tonalidades del verde se reflejaban permanentemente…

Hasta ese estanque mágico y transparente se acercaron a bañarse, haciéndose compañía mutua, la Tristeza y la Furia.

Las dos se quitaron sus vestimentas, y desnudas las dos entraron al estanque

La Furia, apurada (como siempre está la Furia), urgida sin saber por qué, se bañó rápidamente y más rápidamente salió del agua … Pero la Furia es ciega, o por lo menos, no distingue claramente la realidad; así que, desnuda y apurada, se puso, al salir, la  primera ropa que encontró …

Y sucedió que esa ropa no era la suya, sino de la  Tristeza …

Y así, vestida de tristeza, la Furia se fue.

Muy calma y muy serena, dispuesta como siempre a quedarse en el lugar donde está, la Tristeza terminó su baño y sin ningún apuro (o mejor dicho sin conciencia del paso del tiempo), con pereza y lentamente salió del estanque. En la orilla se encontró con que su ropa ya no estaba.

Como todos sabemos, si hay algo que a la Tristeza no le gusta es quedar al desnudo, así que se puso la  única ropa que había junto al estanque, la ropa de la Furia.

Cuentan que desde entonces, muchas veces uno se  encuentra con la Furia, ciega, cruel, terrible y enfadada.

Pero si nos damos el tiempo de mirar bien, encontramos que esa Furia que vemos, es solamente un disfraz, y que detrás de ese disfraz de la Furia… en realidad está escondida la Tristeza.

¿Dónde está Dios?

•marzo 11, 2008 • Dejar un comentario

A veces la retórica se vuelve contra quien la utiliza, aunque se trate de un experto en manejarla. En el funeral de las víctimas del accidente del Metro de Valencia, el arzobispo García-Gasco se preguntó dónde estaba Dios en el momento de la tragedia. No es una pregunta nueva. Hace unos meses, el Papa Benedicto XVI se hizo la misma pregunta cuando visitó el campo de concentración de Auschwitz y rememoró la brutalidad del holocausto. ¿Dónde estaba Dios cuando se produjo la matanza?, se preguntó.
A muchos de quienes nos educamos en la verdad de que Dios está en todas las partes, no nos sorprenden este tipo de preguntas. Hace mucho tiempo que nos las hacemos. Lo realmente sorprendente es la personalidad de quienes ahora las formulan, que lancen una pregunta tan difícil los que, en teoría, deberían aportar respuestas.
Particularmente me inquieta más que la ausencia de Dios en determinados lugares, su presencia constante en boca de quienes dicen actuar en su nombre. En quienes matan en nombre de Dios, en quienes torturan, organizan guerras, legislan, reprimen al infiel en su nombre. En los que deciden invasiones después de asistir a un oficio religioso. En quienes proclaman que Dios es grande antes de hacer saltar por los aires un mercado o un autobús repleto de pasajeros.
Ellos son los peligrosos, no Dios. Inquieta su presencia creciente y su influencia, su capacidad para imponer sus criterios y su fuerza, y, sobre todo, el silencio de quienes les tendrían que parar los pies. Inquieta que las autoridades religiosas, de todas las religiones, se ocupen más de formular preguntas retóricas, de intentar imponer sus criterios éticos en sociedades laicas, que de hacer callar a quienes utilizan el nombre de Dios en vano para cometer atrocidades.
Dios no estaba en el Metro de Valencia ni en Auschwitz. Eso es evidente. Pero se sabe muy bien dónde están los que se sirven de él para justificar lo injustificable. Cardenales, obispos, imanes y rabinos deberían estar más atentos y elevar su voz contra ellos.

(Artículo escrito por Isaías Lafuente)
 
 

Lobo con piel de hombre

•febrero 20, 2008 • Dejar un comentario

Era una de esas tardes en las que nada había que hacer y la loba paseaba con su cachorro inquieto en busca de alimento.

Se resguardaron bajo unos matorrales y esperaron que pasara el cazador sigiloso que olfatearan minutos antes.

El frío cañón del arma se asomó entre la enramada y las botas del hombre castigaron con su peso las hojas secas que se negaban a gritar. Caminó un poco, encendió su cigarro y esperó. El cachorro, indignado, preguntó a su astuta madre:

-Mamá, la hierba verde y generosa tiene un enemigo: las ovejas, que se alimentan de ella para sobrevivir, hasta el día de su muerte. Las ovejas tienen un enemigo: nosotros, los lobos, que nos alimentamos de ellas cuando es posible, hasta el día de nuestra muerte. Nosotros tenemos un enemigo: el hombre, que quema nuestros bosques, nos pone dolorosas trampas y mata a los de nuestra especie por deporte o por ignorancia, hasta el día de su muerte. Pero madre, ¿tiene el hombre un enemigo?

La loba clavó su mirada fría en el hijo amado y respondió:

-Hijo mío, el enemigo del hombre es el hombre mismo. Hasta el día de su muerte.

La leyenda de Arturo, Gawain y la bruja

•febrero 20, 2008 • Dejar un comentario

El joven rey Arturo fue sorprendido y apresado por el monarca del reino vecino mientras cazaba furtivamente en sus bosques.

El rey pudo haberlo matado en el acto, pues tal era el castigo para quienes violaban las leyes de la propiedad, pero se conmovió ante la juventud y la simpatía de Arturo y le ofreció la libertad, siempre y cuando en el plazo de un año hallara la respuesta a una pregunta difícil.

La pregunta era la siguiente: ¿Qué quiere realmente la mujer?

Semejante pregunta dejaría perplejo hasta al hombre más sabio y al joven Arturo le pareció imposible contestarla. Con todo, aquello era mejor que morir ahorcado, de modo que regresó a su reino y empezó a interrogar a la gente. A la princesa, a la reina, a las prostitutas, a los monjes, a los sabios y al bufón de la corte… en suma, a todos, pero nadie le pudo dar una respuesta convincente. Eso sí, todos le aconsejaron que consultara a la vieja bruja, pues sólo ella sabría la respuesta. El precio sería alto, ya que la vieja bruja era famosa en todo el reino por el precio exorbitante que cobraba por sus servicios.

Llegó el último día del año convenido y Arturo no tuvo más remedio que consultar a la hechicera. Ella accedió a darle una respuesta satisfactoria, a condición de que primero aceptara el precio. Ella quería casarse con Gawain, el caballero más noble de la Mesa Redonda y el más íntimo amigo de Arturo.

El joven Arturo la miró horrorizado: era jorobada y feísima, tenía un solo diente, despedía un hedor que daba náuseas y hacía ruidos obscenos. Nunca se había topado con una criatura tan repugnante. Se acobardó ante la perspectiva de pedirle a su amigo de toda la vida que asumiera por él esa carga terrible. No obstante, al enterarse del pacto propuesto, Gawain afirmó que no era un sacrificio excesivo a cambio de la vida de su compañero y la preservación de la Mesa Redonda.

Se anunció la boda y la vieja bruja, con su sabiduría infernal, dijo: “Lo que realmente quiere la mujer es ser la soberana de su propia vida”. Todos supieron al instante que la hechicera había dicho una gran verdad y que el joven rey Arturo estaría a salvo.

Y así fue: al oír la respuesta, el monarca vecino le devolvió la libertad.

Pero menuda boda fue aquella… Asistió la corte en pleno y nadie se sintió más desgraciado, entre el alivio y la angustia, que el propio Arturo. Gawain se mostró cortés, gentil y respetuoso. La vieja bruja hizo gala de sus peores modales, engulló la comida directamente del plato sin usar los cubiertos, emitió ruidos y olores espantosos.

Llegó la noche de bodas. Cuando Gawain, ya preparado para ir al lecho nupcial, aguardaba a que su esposa se reuniera con él, ella apareció con el aspecto de la doncella más hermosa que un hombre desearía ver. Gawain quedó estupefacto y le preguntó qué había sucedido. La joven respondió que, como había sido cortés con ella, la mitad del tiempo se presentaría con su aspecto horrible y la otra mitad con su aspecto atractivo.

¿Cuál prefería para el día y cuál para la noche? ¡Qué pregunta más cruel…!

Gawain se apresuró a hacer cálculos… ¿Quería tener durante el día a una joven adorable para exhibirla ante sus amigos y por las noches en la privacidad de su alcoba a una bruja espantosa? ¿O prefería tener de día a una bruja y a una joven hermosa en los momentos íntimos de su vida conyugal…?

¿Usted qué hubiera preferido… qué hubiera elegido?

La elección que hizo Gawain está más abajo, pero antes de leerla tome su decisión…

El noble Gawain replicó que la dejaría elegir por sí misma. Al oír esto, ella le anunció que sería una hermosa dama de día y de noche, porque él la había respetado y le había permitido ser dueña de su vida.

Buscando la llave

•enero 7, 2008 • Dejar un comentario

 Muy tarde por la noche, Nasrudin se encuentra dando vueltas alrededor de una farola, mirando hacia abajo. Pasa por allí un vecino.

– ¿Qué estás haciendo Nasrudín, has perdido alguna cosa?- le pregunta.
– Sí, estoy buscando mi llave.

El vecino se queda con él para ayudarle a buscar. Después de un rato, pasa una vecina.
-¿Qué estáis haciendo? – les pregunta.
– Estamos buscando la llave de Nasrudín.
Ella también quiere ayudarlos y se pone a buscar.

Luego, otro vecino se une a ellos. Juntos buscan y buscan y buscan. Habiendo buscado durante un largo rato, acaban por cansarse. Un vecino pregunta:

– Nasrudín, hemos buscado tu llave durante mucho tiempo, ¿estás seguro de haberla perdido en este lugar?
– No, dice Nasrudín.
– ¿Dónde la perdiste, pues?
– Allí, en mi casa.
– Entonces, ¿por qué la estamos buscando aquí?
– Pues porque aquí hay más luz y mi casa está muy oscura.

¿Dónde estoy yo?

•enero 7, 2008 • Dejar un comentario

Érase una vez un hombre sumamente estúpido -un loco o quizás un sabio- que, cuando se levantaba por las mañanas, tardaba tanto tiempo en encontrar su ropa que por las noches casi no se atrevía a acostarse, sólo de pensar en lo que le aguardaba cuando despertara.

Una noche tomó papel y lápiz y, a medida que se desnudaba, iba anotando el nombre de cada prenda y el lugar exacto en que la dejaba.

A la mañana siguiente sacó el papel y leyó: “Calzoncillos…” y allí estaban. Se los puso. “Camisa…” allí estaba. Se la puso también. “Sombrero…” allí estaba. Y se lo encasquetó en la cabeza.

Estaba verdaderamente encantado… hasta que le asaltó un horrible pensamiento:

-¿Y yo…? ¿Dónde estoy yo?. Había olvidado anotarlo. De modo que se puso a buscar y a buscar…. pero en vano. No pudo encontrarse a sí mismo.