El pescador y su alma

•febrero 18, 2007 • Dejar un comentario

 (De un relato del mismo título de Oscar Wilde)

Sucedió que un joven pescador atrapó con sus redes a una sirena a la que dejó volver al mar con la condición de que, a su llamado, cantara una canción para que los peces acudieran a sus redes.

Entonaba ella todas las tardes sus canciones que hablaban de las colosales ballenas o de los argonautas  o de los pulpos que mueven sus múltiples brazos negros,  y los peces acudían a la superficie del mar y llenaban las redes del pescador. Pero la fascinación de la sirena no obraba solamente en los peces sino también en el pescador, que no pudo resistirse a su encanto.

El joven pescador escuchaba extasiado a la sirena y, embrujado por su voz, descuidó su pesca por pensar en ella. Comprendió entonces que estaba enamorado y quiso por esposa a la  sirena. Ante tal proposición, la sirena mueve la cabeza y esboza su rechazo porque ¿cómo podría casarse con alguien que tenía un alma? ¿cómo sería el alma del joven? De lo que estaba segura la pequeña sirena es que, a causa del alma, el joven era distinto de ella. Si la quería era necesario que se desprendiese de su alma.

 El pescador no duda y se dispone a desembarazarse de su alma lo antes posible pero ¿cómo hacerlo? Pide ayuda a la sirena, quien lamenta no poder ayudarlo porque los habitantes del mar no tienen alma. El joven entonces, recurre al hombre sabio del pueblo, al cura, para que lo ayude a desprenderse del alma, porque, razona, para qué quiere  su alma si no puede tocarla, verla ni conocerla. El hombre de Dios, justamente  indignado, le responde que esa petición le ha sido infundida, sin duda, por Satanás, o que ha bebido algún filtro mágico, porque el alma es lo que más aprecia el hombre y vale más que todo el oro del mundo. Con esa idea, se dirige el joven al mercado y ofrece su alma en venta, pero los mercaderes se ríen de él y le dicen que su alma no vale ni un cobre. El joven pescador, asombrado, reflexiona  acerca del valor de su alma que vale tanto oro para el cura y ni un cobre para los mercaderes.

Decide, entonces, consultar a una hechicera, quien le da la fórmula mágica para deshacerse de su alma: para ello sólo tiene que cortar, en una noche de luna, la sombra que proyecta su cuerpo. Porque la sombra es el cuerpo del alma, cuerpo leve y etéreo que no por ello, deja de ser distinto del alma. El pescador pudo, así, desprenderse de su alma…

 … Queda aquí abandonado el pescador a su suerte… que, como se imaginará el lector, no fue de ninguna manera buena… quizás porque el hombre no puede vivir sin alma. Porque la sombra es el cuerpo del alma; cuerpo leve y etéreo que, no por ello, deja de ser distinto del alma.

Nuestro lado oscuro

•febrero 18, 2007 • Dejar un comentario

En la antigüedad los seres humanos conocían las diversas dimensiones de la sombra: la personal, la colectiva, la fami­liar y la biológica. En los dinteles de piedra del hoy derrui­do templo de Apolo en Delfos -construido sobre una de las laderas del monte Parnaso- los sacerdotes grabaron dos ins­cripciones, dos preceptos, que han terminado siendo muy fa­mosos y siguen conservando en la actualidad todo su senti­do. En el primero de ellos, “Nosce te ipsum”(Conócete a ti mismo), los sacerdotes del dios de la luz aconsejaban algo que nos in­cumbe muy directamente: conócelo todo sobre ti mismo, lo cual podría traducirse como: Conoce especialmente tu lado oscuro.

Nosotros somos herederos directos de la mentalidad grie­ga pero preferimos ignorar a la sombra, ese elemento que perturba nuestra personalidad. La religión griega, que com­prendía perfectamente este problema, reconocía y respetaba también el lado oscuro de la vida y celebraba anualmente en la misma ladera de la montaña- las famosas bacanales, orgías en las que se honraba la presencia contundente y creativa de Dionisos, el dios de la naturaleza, entre los seres humanos.

Hoy en día Dionisos perdura entre nosotros en forma de­gradada en la figura de Satán, el diablo, la personificación del mal, que ha dejado de ser un dios a quien debemos respeto y tributo para convertirse en una criatura con pezuñas desterrada al mundo de los ángeles caídos.

Marie-Louise von Franz reconoce las relaciones existen­tes entre el diablo y nuestra sombra personal afirmando: «En la actualidad, el principio de individuación está ligado al ele­mento diabólico ya que éste representa una separación de lo divino en el seno de la totalidad de la naturaleza. De este modo, los elementos perturbadores- como los afectos, el im­pulso autónomo hacia el poder y cuestiones similares- cons­tituyen factores diabólicos que perturban la unidad de nues­tra personalidad». 

La segunda inscripción cincelada en Delfos, «Nada en ex­ceso», -atribuida a Solón de Atenas (640 a.C.-559 a.C.)  es, si cabe, todavía más pertinente aquí. Se­gún E. R. Dodds, se trata de una máxima por la que sólo pue­de regirse quien conoce a fondo su lujuria, su orgullo, su rabia, su gula -todos sus vicios en definitiva- ya que sólo quien ha comprendido y aceptado sus propios límites puede decidir ordenar y humanizar sus acciones.

Vivimos en una época de desmesura: demasiada gente, de­masiados crímenes, demasiada explotación, demasiada polu­ción y demasiadas armas nucleares. Todos reconocemos y censuramos estos abusos aunque al mismo tiempo nos sinta­mos incapaces de solucionarlos.

¿Pero qué es, en realidad, lo que podemos hacer con todo esto? La mayor parte de las personas destierran directamen­te las cualidades inaceptables e inmoderadas a la sombra in­consciente o las expresan en sus conductas más oscuras. De este modo, sin embargo, los excesos no desaparecen sino que terminan transformándose en síntomas tales como los senti­mientos y las acciones profundamente negativas, los sufri­mientos neuróticos, las enfermedades psicosomáticas, las de­presiones y el abuso de drogas, por ejemplo.

El hecho es que cuando sentimos un deseo muy intenso y lo relegamos a la sombra opera desde ahí sin tener en cuen­ta a los demás; cuando estamos muy hambrientos y rechaza­mos ese impulso terminamos atormentando a nuestro cuerpo comiendo y bebiendo en exceso; cuando sentimos una aspi­ración elevada y la desterramos a la sombra nos condenamos a la búsqueda de gratificaciones sustitutorias instantáneas o nos entregamos a actividades hedonistas tales como el abu­so de alcohol o drogas. La lista podría ser interminable pero lo cierto es que podemos observar por doquier los excesos del crecimiento desmesurado de la sombra:

 – La amoralidad de la ciencia y la estrechísima colabora­ción existente entre el mundo de los negocios y la tecno­logía pone en evidencia nuestro deseo incontrolado de au­mentar nuestro conocimiento y nuestro dominio sobre la naturaleza.

– El papel distorsionado y codependiente de quienes se dedican a las profesiones de ayuda y la codicia de médi­cos y empresas farmacéuticas que se manifiesta en la com­pulsión farisaica a ayudar y curar a los demás.

– La apatía del trabajo alienante, la rápida obsolescencia generada por la automatización y la hubris del éxito se expresan en la aceleración y deshumanización de los trabajos.

– El interés desmesurado en la maximización de los be­neficios y el progreso que se evidencian en el crecimien­to a ultranza del mercantilismo.

– El consumismo, el abuso de la publicidad, el derroche y la polución desenfrenada nos revelan el grado de mate­rialismo hedonista existente en nuestra sociedad. 

 – El narcisismo generalizado, la explotación personal, la manipulación de los demás y el abuso de mujeres y niños evidencia el deseo de controlar las dimensiones innatamente incontrolables de nuestra propia vida.

– La obsesión por la salud, las dietas, los medicamentos y la longevidad a cualquier precio testimonia nuestro per­manente miedo a la muerte. 
  Estas facetas oscuras impregnan todos los estratos de nues­tra sociedad y las soluciones que suelen ofrecerse a los ex­cesos de la sombra colectiva, no hacen más que agravar el pro­blema. Consideremos, por ejemplo, las atrocidades cometidas por el fascismo y el autoritarismo en Europa -intentos reac­cionarios de solucionar el desorden social, la decadencia y la permisividad de la época- o el moderno resurgimiento del fundamentalismo religioso y político que se extiende por do­quier y que, en palabras de W. B. Yeats, ha «desatado la anar­quía sobre el mundo».

A esto se refería Jung cuando decía: «Hemos olvidado in­genuamente que bajo el mundo de la razón descansa otro mundo. Ignoro lo que la humanidad deberá soportar todavía antes de que se atreva a admitirlo».    

   

Un sueño

•febrero 18, 2007 • Dejar un comentario

“Era de noche y me hallaba en algún lugar desconocido avan­zando lenta y penosamente en medio de un poderoso vendaval. La niebla lo cubría todo. Yo sostenía y protegía con las manos una débil lucecilla que amenazaba con apagarse en cualquier momento. Todo parecía depender de que consiguiera mantener viva esa luz.

De repente tuve la sensación de que algo me seguía. Enton­ces me giré y descubrí una enorme figura negra que avanzaba tras de mí. A pesar del terror que experimenté no dejé de ser cons­ciente en todo momento de que debía proteger la luz a través de la noche y la tormenta. Cuando desperté me di cuenta de inmediato de que la figu­ra que había visto en sueños era mi sombra, la sombra de mi pro­pio cuerpo iluminado por la luz recortándose en la niebla. Tam­bién sabía que esa luz era mi conciencia, la única luz que poseo, una luz infinitamente más pequeña y frágil que el poder de las tinieblas pero, al fin y al cabo, una luz, mi única luz.”

‘Recuerdos, Sueños, Pensamientos’ -Autobiografía de Carl G. Jung

La sombra personal

•febrero 18, 2007 • Dejar un comentario

La sombra personal se desarrolla en todos nosotros de ma­nera natural durante la infancia. Cuando nos identificamos con determinados rasgos ideales de nuestra personalidad -como la buena educación y la generosidad, por ejemplo, cualidades que, por otra parte, son reforzadas sistemática­mente por el entorno que nos rodea- vamos configurando lo que W. Brugh Joy llama el ‘Yo de las Resoluciones de Año Nuevo’. No obstante, al mismo tiempo, vamos desterrando también a la sombra aquellas otras cualidades que no se ade­cuan a nuestra imagen ideal -como la grosería y el egoísmo, por ejemplo-. De esta manera, el ego y la sombra se van edi­ficando simultáneamente, alimentándose, por así decirlo, de la misma experiencia vital.

Son muchas las fuerzas que coadyuvan a la formación de nuestra sombra y determinan lo que está permitido y lo que no lo está. Los padres, los parientes, los maestros, los ami­gos y los sacerdotes constituyen un entorno complejo en el que aprendemos lo que es una conducta amable, adecuada y moral y lo que es un comportamiento despreciable, bochor­noso y pecador.

La sombra opera como un sistema psíquico autónomo que perfila lo que es el Yo y lo que no lo es. Cada cultura -e in­cluso cada familia- demarca de manera diferente lo que co­rresponde al ego y lo que corresponde a la sombra. Algunas, por ejemplo, permiten la expresión de la ira y la agresividad mientras que la mayoría, por el contrario, no lo hacen así; unas reconocen la sexualidad, la vulnerabilidad y las emo­ciones intensas y otras no; unas, en fin, consienten la ambi­ción por el dinero, la expresión artística y o el desarrollo in­telectual mientras que otras, en cambio, apenas si las toleran.

En cualquiera de los casos, todos los sentimientos y ca­pacidades rechazados por el ego y desterrados a la sombra ali­mentan el poder oculto del lado oscuro de la naturaleza hu­mana. No todos ellos, sin embargo, son rasgos negativos. Según la analista junguiana Liliane Frey-Rohn, este misterioso tesoro encierra tanto facetas infantiles, apegos emocionales y síntomas neuróticos como aptitudes y talentos que no he­mos llegado a desarrollar. Así, en sus mismas palabras, la sombra «permanece conectada con las profundidades olvi­dadas del alma, con la vida y la vitalidad; ahí puede esta­blecerse contacto con lo superior, lo creativo y lo universalmente humano». 

Todos tenemos dentro un Mr. Hyde

•febrero 18, 2007 • Dejar un comentario

¿Cómo puede haber tanta maldad en el mundo?

Conociendo a la humanidad, lo que me asombra es que no haya más.

                          ‘Woody Allen, Hannah y sus hermanas’

  En 1886 -más de una década antes de que Freud se zam­bullera en las profundidades de la mente humana-, Robert Louis Stevenson tuvo un sueño muy revelador en el que un hombre perseguido por haber cometido un crimen ingiere una pócima y sufre un cambio drástico de personalidad que le hace irreconocible. De esta manera, el Dr. Jekyll, un amable y esforzado científico, termina transformándose en el violento y despiadado Mr. Hyde, un personaje cuya maldad iba en aumento a medida que se desarrollaba el sueño.

Stevenson utilizó la materia prima de este sueño como ar­gumento para escribir su hoy famosa obra ‘El Extraño Caso del Dr. Jekyll y Mr Hyde’. Con el correr de los años el tema de esta novela ha terminado formando parte integral de nuestra cultura popular y no es infrecuente escuchar a nuestros se­mejantes tratando de explicar su conducta con justificaciones del tipo: «No era yo mismo», «era como si un demonio le po­seyera» o «se convirtió en una bruja», por ejemplo.

Según el analista junguiano John A. Sanford, los argumentos que re­suenan en gran parte de la humanidad encierran cualidades arquetípicas que pertenecen a los sedimentos más universa­les de nuestro psiquismo.

Cada uno de nosotros lleva consigo un Dr. Jekyll y un Mr. Hyde, una persona afable en la vida cotidiana y otra entidad oculta y tenebrosa que permanece amordazada la mayor par­te del tiempo.

Bajo la máscara de nuestro Yo consciente, des­cansan ocultas todo tipo de emociones y conductas negativas -la rabia, los celos, la vergüenza, la mentira, el resentimien­to, la lujuria, el orgullo y las tendencias asesinas y suicidas, por ejemplo-. Este territorio arisco e inexplorado para la ma­yoría de nosotros, es conocido en psicología como sombra personal.

El mito de la caverna

•febrero 18, 2007 • Dejar un comentario

Las sombras no constan en ninguna parte. Su ser incierto confunde la mente y nos inquieta. Como si no bastase, desde siempre las sombras han estado rodeadas de sospechas y de miedo.  Mientras que en la mentalidad oriental siempre ha existido la tendencia a buscar lo bello en lo oscuro, el mundo de occidente nunca albergó esa capacidad. Desde el principio de los tiempos éste ha sido, al parecer, el sentimiento producido “luz versus sombra”, dicotomía ésta asociada a la idea del bien y el mal, la deidad frente al leviatán; el carácter negativo de la sombra que siempre ha existido. 

Para algunos filósofos, la sombra constituía el punto de partida del conocimiento y del arte; de tal modo que cualquier relación con el origen fue, al parecer, una relación con la sombra. Ya en el siglo IV a.C., Platón en su obra ‘La República’ -texto relativo al origen del conocimiento- nos presentaba el mito de la caverna primitiva.

En ella, el filósofo ateniense imagina al hombre encadenado en una gruta y sin otra visión que la del muro del fondo de su prisión, sobre el cual se proyectan las sombras de un insospechado mundo exterior. En esta umbría quedaba encerrado el verdadero conocimiento humano, al cual sólo se accedía cuando el cautivo lograse volver su mirada a aquel mundo iluminado por el Sol -principio supremo del universo-.

 El mito de la caverna nos muestra el camino que conduce del mundo de las apariencias -de las sombras- al mundo inteligible de la verdad -de la realidad-.

Homo oniricus

•febrero 3, 2007 • Dejar un comentario

El mundo de los sueños no desaparece cuando estamos en el estado de vigilia, con nuestro cuerpo activo. El mundo onírico está con nosotros siempre, de la misma forma que las estrellas siguen estando en el cielo durante el día. Nuestro estado habitual es el sueño, del que tan sólo emergemos algunos instantes cuando dirigimos el pensamiento (en un estado de atención concentrada) en alguna dirección determinada. Vivimos soñando durante casi todo el día. Unicamente constatamos una leve diferencia de percepción. Cuando soñamos con nuestro cuerpo activo (estado de vigilia) percibimos los sueños como si ” estuvieran dentro de nuestra cabeza”. Desde el momento en que nuestro cuerpo está pasivo (durmiendo), los sueños nos rodean. Algo así como si nuestra alma (nuestra psiquis) se moviese dentro del propio mundo de los sueños. O como decían nuestros antepasados: “Cuando el cuerpo duerme, el alma viaja”.

Los textos cristianos, budistas, védicos, ensayos psicológicos sobre el zen, etcétera… son reiterativos acerca de esta cuestión del “despertar “, sin que hasta la fecha  hayamos comprendido a qué se refieren. ¿Estará esta idea del “despertar” relacionada con la posibilidad de “hacer consciente el subconsciente”?. Tal idea supondría, sin duda, la adquisición de insospechadas potencialidades psíquicas muy cercanas a los estados psicológicos descritos como “iluminación” en la literatura mística.